Comentario de San Agustín al Evangelio de hoy. Mt. 4, 1-11
Jesús convirtió el agua en vino. ¿Hay poder más grande?
Quien
podía hacer tales cosas se dignó sentir necesidad.
Quien
convirtió el agua en vino pudo hacer también pan de las piedras.
Su
poder era idéntico, pero en este caso era el diablo el que tentaba.
Por
eso Cristo no lo hizo.
Sabéis,
en efecto, que fue el diablo quien se lo sugirió a Cristo, el Señor, cuando lo
tentó.
Cristo
realmente sintió hambre, porque se abajó hasta ese punto.
Porque
también hasta eso llegó su humildad.
Sintió
hambre el Pan, igual que se cansó el Camino, igual que fue herida la Salud o
murió la Vida.
Así,
pues, como sabéis, cuando sintió hambre, le dijo el tentador: Si eres
el Hijo de Dios, di a estas piedras que se conviertan en panes.
Pero
Él replicó al tentador, enseñándote a ti cómo responderle, igual que el Emperador
lucha para enseñar al soldado.
¿Qué
le respondió? No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que
sale de la boca de Dios. (Mt. 4, 4)
Y
no convirtió las piedras en panes Él que, sin duda, podía hacerlo, igual que
convirtió el agua en vino.
De
hecho, requiere el mismo poder convertir la piedra en pan, pero no lo hizo,
para despreciar la voluntad del tentador, pues al tentador no se lo vence si no
es despreciándolo.
Y
una vez que hubo vencido al diablo que lo tentaba, vinieron los ángeles y lo
servían. (Mt. 4, 11)
Así,
pues, Quien tanto poder tenía, ¿por qué convirtió el agua en vino y no las
piedras en pan?
Lee,
o mejor, recuerda, lo que acabaste de oír cuando convirtió el agua en vino.
¿Qué añadió el evangelista? Y creyeron en él sus discípulos. (Jn. 2,
11)
¿Acaso
en esta otra ocasión, el diablo hubiera creído?
Luego,
Quien tuvo tanto poder, sintió hambre, sed, se fatigó, durmió, fue apresado,
flagelado, crucificado, matado.
Tal
es el Camino: camina por la humildad para llegar a la eternidad.
Cristo
Dios es la Patria adonde vamos; Cristo Hombre, el Camino por donde vamos.
A
Él vamos, por Él vamos; ¿por qué tememos errar el camino?
Sin
alejarse del Padre vino a nosotros; tomaba el pecho, y contenía en Sí al mundo;
yacía en un pesebre y era el alimento de los ángeles. Era Dios y Hombre: el
mismo que era Hombre era Dios, y el mismo que era Dios era Hombre.
Pero
no era Hombre por lo mismo que era Dios. Era Dios porque era la Palabra; era Hombre
porque la Palabra se hizo carne.
Era
Dios al permanecer en su Ser; Hombre, al asumir carne humana, añadiendo lo que
no era sin perder lo que era.
Del Sermón 123.
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