23 de noviembre de 2025. 

Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo Rey de todo lo que existe.


I. Habla tú con los labios y acércate con el corazón. Pues con el corazón se cree para conseguir la justificación, y con la boca se confiesa para conseguir la salvación Rm, 10, 10.

Así sucedió con aquel ladrón, colgado de la cruz junto al Señor, que reconoció al Señor en la cruz.

Los otros no lo reconocieron cuando hacía milagros, 

éste lo reconoció mientras colgaba de la cruz.

Él tenía clavados todos sus miembros a la cruz; las manos estaban sujetas con clavos, los pies estaban traspasados, todo su cuerpo estaba adherido al madero; aquel cuerpo no podía mover los demás miembros,

pero sí estaban libres la lengua y el corazón:

creyó con el corazón, y confesó con su boca.

Acuérdate de mí, Señor, decía, cuando llegues a tu Reino.

Él esperaba que su salvación llegaría tarde, y se contentaba con recibirla después de mucho tiempo; la esperaba para después de un largo período, pero el día no se hizo esperar.

Dijo: 

Acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino.

Y Jesús le respondió:

Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso Lc. 23, 42-43.

El paraíso tiene árboles de felicidad: hoy estás conmigo en el árbol de la cruz, y también conmigo hoy en el árbol de la salvación.



II. Que nadie diga: «No puedo ser mártir, puesto que ahora no hay persecuciones».

No cesan las tentaciones.

Lucha, que la corona está preparada.

¿Cuándo?

Mira, solo por decir algo, puesto que sería cosa de nunca acabar el mencionar todos los casos en los que el alma cristiana es tentada, en los que con la ayuda de Dios vence y logra una gran victoria, aunque nadie la vea, por hallarse encerrada en el cuerpo; lucha con el corazón y es coronada en el corazón, pero por Aquel que ve en el corazón.

Mira, pues —solo por decir algo—: Tal vez alguno de vosotros se encuentre enfermo. Dada la condición humana, ¡cuántos se hallan en peligro!

Y se acercan otros a quien yace en el lecho y le hablan o le hacen no sé qué amuletos o no sé qué figuras mágicas y le tientan con estas palabras:

«Haz esto y lo otro».

Quien hace todo eso perece en compañía del diablo, puesto que todo ello no son más que artilugios de los demonios, no signos salvíficos de los ángeles.

Por tanto, el que desprecia todas esas prácticas, y si le dicen alguna vez: «Si no haces esto, morirás», responde:

«Es mejor para mí morir que hacer eso», yace en el lecho y afronta el martirio.

Tendido en el lecho y fatigado por la fiebre, aunque no pueda moverse, está luchando.

No mueve los miembros, mas con los brazos de la Fe ahoga al león, del que dice el apóstol Pedro: Ignoráis que vuestro adversario el diablo ronda, cual león rugiente, buscando a quién devorar 1 Pe. 5,8.

Describió al diablo como a un león rugiente que merodea y busca arrebatar o herir alguna oveja del redil.

Nunca desiste.

Nunca, hasta el final, renuncia a tender emboscadas.

Si, pues, nuestro adversario no duerme, nuestra lucha es diaria.

Sin ver ni siquiera a nuestro adversario, lo vencemos.

¿Por qué no lo vemos?

Porque sentimos en nuestro interior aquello con lo que él quiere vencernos y lo domamos.

No ves al diablo, tu enemigo, pero sientes en ti tu avaricia.

No ves al diablo, tu enemigo, pero sientes en ti tu concupiscencia.

No ves al diablo, tu enemigo, pero sientes tu ira.

Vence lo que sientes en tu interior y quedan vencidos los que acechan desde fuera.

En esto consiste amar a los mártires y celebrar con religiosa piedad su día: no es anegarse en vino, sino en imitar su fe y paciencia.


San Agustín de Hipona, I Comentario a los Salmos 39, 15.

 II Sermón 328, 7.



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