3 de noviembre de 2025. San Martín de Porres.
San Martín de Porres fue un mulato, nacido en Lima,
capital del Perú, en 1579, hijo natural del caballero español Juan de Porres y
de una india panameña libre, llamada Ana Velázquez.
Martín heredó los rasgos y el color de la piel de
su madre, lo cual vio don Juan de Porres como una humillación. Pero más tarde,
tuvo el mérito de reconocer a Martín y a una hermana suya como hijos propios. A
Martín lo dejó al cuidado de su madre, y el niño, que era despierto e
inteligente, aprendió la profesión de barbero y adquirió conocimientos de
medicina, mediante el trato con un cirujano. Durante algún tiempo, ejerció esta
doble carrera, pero, sintiendo grandes deseos de perfección, pidió ser admitido
para trabajar en el convento de los dominicos de Lima. Su madre apoyó la
petición del santo y éste consiguió lo que deseaba cuando tenía unos quince
años de edad.
En el convento, su vida de heroica virtud fue pronto
conocida por muchos, y su humildad era tan ejemplar, que se alegraba de las
injurias que recibía, incluso alguna vez de parte de otros religiosos
dominicos, como uno que, enfermo e irritado, lo trató de perro mulato.
Otra vez, cuando el convento estaba en una difícil situación
económica, Fray Martín espontáneamente se ofreció al P. Prior para ser vendido
como esclavo, ya que era mulato, a fin de remediar la situación.
Advirtiendo los superiores de Fray Martín su índole
mansa y su mucha caridad, le confiaron, junto con otros oficios, el de
enfermero, en una comunidad que solía contar con doscientos religiosos, sin
tomar en consideración a los criados del convento ni a los religiosos de otras
casas que, informados de la habilidad del hermano, acudían a curarse a Lima.
Gracias a su incansable trabajo, no limitaba su
compasión a los de su orden, sino que atendía a muchos enfermos pobres de la
ciudad.
El día 2 de junio de 1603, después de nueve años de servir a la orden como donado, es decir, como laico que trabajaba en la comunidad para recibir dinero a cambio, le fue concedida la profesión religiosa y pronunció los votos de pobreza, obediencia y castidad.
Unía a su abnegada vida una penitencia
austerísima: se llagaba con disciplinas crueles o se maltrataba hasta dormir
debajo de una escalera unas cuantas horas y apenas comer lo indispensable.
Añadía a esto un espíritu de oración y unión con Dios que lo asemejaba a otros
grandes contemplativos. Se le vio repetidas veces en éxtasis y, alguna
levantado en el aire muy cerca de un gran crucifijo que había en el convento.
Se sabe que Fray Martín y Santa Rosa de Lima, terciaria
dominica, se conocieron y trataron algunas veces, aunque no se tienen detalles
históricamente comprobados de sus entrevistas.
Si es famoso el santo por sus virtudes, tal vez lo
sea más por sus milagros y por la forma en que los hacía. Unas veces eran
curaciones instantáneas, como la del novicio Fray Luis Gutiérrez, que se había
cortado un dedo hasta casi desprendérselo; a los tres días tenía hinchados la
mano y el brazo, por lo que acudió al hermano Martín, quien le puso unas
hierbas machacadas en la herida. Al día siguiente, el dedo estaba unido de
nuevo y el brazo enteramente sano.
En cierta ocasión, el arzobispo Feliciano Vega, que
iba a tomar posesión de la sede de México, enfermó de algo que parece haber
sido pulmonía, y mandó llamar a Fray Martín. Al llegar éste a la presencia del
prelado enfermo, se arrodilló, mas él le dijo:
«levántese y ponga su mano aquí, donde me duele».
«¿Para qué quiere un príncipe la mano de un pobre
mulato?», preguntó el santo.
Sin embargo, durante un buen rato puso la mano
donde lo indicó el enfermo y, poco después, el arzobispo estaba curado.
Otras veces, a la curación añadía la prontitud con
que acudía al enfermo, pues bastaba que éste tuviera deseo de que el santo
llegara, para que éste se presentase a cualquier hora. Muchas veces, entraba
por las puertas cerradas con llave, como pudo comprobarlo el maestro de
novicios, quien personalmente guardaba la llave del noviciado, pues, habiendo
estado Fray Martín atendiendo a un enfermo, salió del noviciado y volvió a
entrar sin abrir las puertas.
El asombrado maestro comprobó que estaban
perfectamente cerradas. Alguien le preguntó: «¿Cómo ha podido entrar?» El santo
respondió: «Yo tengo modo de entrar y salir».
Enfermero al mismo tiempo que hortelano herbolario,
cultivaba las plantas medicinales de que se valía para sus obras de caridad y
también desempeñaba el oficio de distribuidor de las limosnas que algunas veces
recogía, en cantidades asombrosas, parte para socorrer a sus propios hermanos
en religión y para los menesterosos de toda clase que había en la ciudad.
Su amabilidad se extendía hasta los animales; hay
en su biografía escenas semejantes a las que se narran de San Francisco y de San Antonio de Padua. Por ejemplo, cuando después de disciplinarse, los
mosquitos lo atormentaban con sus picaduras, y fue a que Juan Vázquez lo curase
y éste le dijo: «Vámonos a nuestro convento, que allí no hay mosquitos».
Y Fray Martín respondió: «¿Cómo hemos de merecer,
si no damos de comer al hambriento?»
«¡Pero hermano, estos son mosquitos y no gentes!»
«Sin embargo, se les debe dar de comer, que son
criaturas de Dios», respondió el humilde fraile.
Es típico el caso de los ratones que infestaban la
ropería y dañaban el vestuario. El remedio no fue ponerles trampas, sino
decirles: «Hermanos, idos a la huerta, que allí hallaréis comida». Los ratones
obedecieron puntualmente, y Fray Martín cuidaba de echarles los desperdicios de
la comida. Y sí alguno volvía a la ropería, el santo lo tomaba por la cola y lo
echaba a la huerta, diciendo: «Vete adonde no hagas mal».
Sus conocimientos no eran pocos para su época y,
cuando asistía a los enfermos, solía decirles: «Yo te curo y Dios te sana».
A los sesenta años, después de haber pasado
cuarenta y cinco en religión, Fray Martín se sintió enfermo y claramente dijo
que de esa enfermedad moriría. La conmoción en Lima fue general y el mismo Virrey, conde de Chinchón, se acercó al pobre lecho para besar la mano de aquél
que se llamaba a sí mismo perro mulato.
Mientras se le rezaba el Credo, Fray Martín, al oír
las palabras «Et homo factus est», besando el crucifijo expiró plácidamente.
Fue canonizado el 6 de mayo de 1962 por el Papa
Juan XXIII, quien profesaba gran devoción por el santo.
El
P. Van Ortroy empleó en el caso de Martín de Porres un método sin precedentes
en Acta Sanctorum, ya que publicó su artículo, que es bastante completo, en
idioma vernáculo, en vez de en latín: El P. B. de Medina testificó sobre Martín
de Porres ante la comisión apostólica en 1683; su testimonio fue traducido al
italiano para que pudiese usarse en la C.R.S. de Roma y, el P. Van Ortroy
reprodujo esa traducción. Véase también With Bd. Martin (1945), pp. 132-168;
Fifteenth Anniversary Book (1950), pp. 130-158 (publicaciones del «Blessed
Martín Guild» de Nueva York, editadas por el P. Norbert Georges), donde se
encontrará la traducción de los testimonios de diez testigos en el proceso
apostólico.
Fuente:
El testigo fiel.
https://www.eltestigofiel.org/index.php?idu=sn_4010
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