25 de diciembre de 2025. Natividad de Nuestro Señor Jesucristo.
Sermón de San Agustín de Hipona.
El nacimiento del Señor
1. ha amanecido para nosotros un día de fiesta que retorna todos
los años: hoy es la Navidad de Nuestro Señor y Salvador: la Verdad que ha
brotado de la tierra. Sal. 85, 12.
El
Día del Día ha nacido en uno de nuestros días: ¡Alegrémonos y regocijémonos
en él! (Sal. 118, 24)
Qué
nos ha aportado la humildad de Alguien tan sublime bien lo sabe la Fe de los
cristianos. Pero no lo pueden entender los corazones de los impíos porque Dios
ha escondido estas cosas a sabios e inteligentes y las reveló a los pequeños (Mt. 11, 25).
Posean,
por tanto, los humildes la humildad de Dios para llegar, con tan grande ayuda,
cual montura para su debilidad, a la excelencia de Dios.
En
cambio, aquellos sabios y prudentes que buscan la sublimidad de Dios sin creer
en su humildad, al prescindir de ésta, tampoco alcanzan aquélla; por su
vaciedad y levedad, su hinchazón y altivez, quedaron como colgados entre el
cielo y la tierra, en el espacio intermedio propio del viento.
Son
sabios e inteligentes, pero según este mundo, no según el Creador del mundo.
Pues
si morase en ellos la Verdadera Sabiduría, la que es de Dios y ella misma es
Dios, comprenderían que Dios pudo tomar la carne sin que pudiese transformarse
en carne; comprenderían que asumió lo que no era y permaneció siendo lo que
era; que vino a nosotros en condición humana, pero sin separarse del Padre; que
continuó siendo lo que es y a nosotros se nos manifestó en lo que somos; que el
Poder se encerró en el cuerpo de un niño sin sustraerse a la mole del mundo.
El
que hizo el mundo entero cuando permanecía junto al Padre es el autor del parto
de una virgen cuando vino a nosotros. Su Majestad nos la manifestó la Virgen
madre, tan virgen después del parto como antes de concebirlo.
Su
esposo la encontró embarazada, no la dejó embarazada él; embarazada de un varón
mas no por obra de varón; tanto más feliz y digna de admiración cuanto que, sin
perder la integridad, obtuvo el don de la fecundidad.
Aquellos
sabios e inteligentes prefieren juzgar ficción, antes que realidad, tan gran
milagro.
Así,
respecto a Cristo, hombre y Dios, como no pueden creer lo humano, lo
desprecian, y como no pueden despreciar lo divino, no lo creen.
Cuanto
más abyecto es para ellos, tanto más grato sea para nosotros el cuerpo humano
al humillarse Dios, y cuanto más imposible lo consideran ellos, tanto más
divino sea para nosotros el parto de una virgen al dar a luz a un hombre.
Por
tanto, celebremos el nacimiento del Señor con la asistencia y aire de fiesta
que merece.
Exulten
de gozo los varones, exulten las mujeres: Cristo nació varón, nació de mujer,
quedando honrados ambos sexos.
Pase,
pues, ya al segundo hombre quien había sido condenado antes en el primero.
Una
mujer nos había inducido a la muerte, una mujer nos alumbró la vida.
Ha
nacido la semejanza de la carne de pecado con que se purificaría la carne de
pecado.
No
se culpe, pues, a la carne, mas, para que viva la naturaleza, muera la culpa,
dado que nació sin culpa aquel en quien ha de renacer quien se había hallado en
la culpa.
Regocijaos
vosotros, jóvenes consagrados a Dios, que elegisteis seguir ante todo a Cristo;
vosotros que no buscasteis el matrimonio.
Aquel
a quien encontrasteis merecedor de seguimiento no llegó hasta vosotros mediante
el matrimonio para concederos menospreciar la vía por la que vinisteis.
En
efecto, vosotros vinisteis a través del matrimonio carnal, sin el cual accedió
él al matrimonio espiritual.
Y
os otorgó menospreciar el matrimonio a vosotros, a los que, de modo especial,
os llamó a su boda. (Mt. 22, 1)
2.
Por tanto, no buscasteis lo que está en el origen de vuestro
nacimiento, porque habéis amado más que los demás a aquel que no nació de esa
forma.
Saltad
de gozo vosotras, vírgenes santas: la virgen os alumbró a aquel con quien
podéis casaros sin perder la virginidad; vosotras, que, al no dar a luz ni
concebir, no podéis perder eso que amáis.
Exultad
de gozo vosotros, los justos: ha nacido el que os justifica. Exultad vosotros,
los débiles y los enfermos: ha nacido el que os sana. Exultad vosotros, los
cautivos: ha nacido el que os redime. Exulten los siervos: ha nacido el Señor.
Exulten los hombres libres: ha nacido el que los libera. Exulten todos los
cristianos: ha nacido Cristo.
3. El que, nacido del Padre, creó todos los siglos, enalteció este
día, al nacer aquí de una madre. Ni aquel nacimiento pudo tener madre ni éste
buscó padre humano. En definitiva, Cristo nació de padre y de madre, y sin
padre y sin madre.
En
cuanto Dios, nació de padre; en cuanto hombre, de madre; en cuanto Dios, sin
madre, y en cuanto hombre, sin padre. Por tanto, ¿quién narrará su
nacimiento? Is. 56, 8.
Ya
sea aquel, sin tiempo, ya sea este, sin semen; aquel, sin comienzo; este, sin
otro igual; aquel, que existió siempre; este, que no existió ni antes ni
después; aquel, que no tiene fin; este, que tiene el comienzo donde el fin.
Con
razón, pues, los profetas anunciaron que había de nacer, y los cielos y los
ángeles, en cambio, que había nacido. El que contiene el mundo yacía en un
pesebre; no hablaba aún, y era la Palabra. Al que no contienen los cielos, lo
llevaba el seno de una sola mujer. Ella gobernaba a nuestro rey; ella llevaba a
aquel en quien existimos; ella amamantaba a nuestro pan.
¡Oh
debilidad manifiesta y asombrosa humildad, en la que de tal modo se ocultó la
divinidad entera! Gobernaba con su poder a la madre, a la que estaba sometida
su infancia, y alimentaba con la verdad a aquella de cuyos pechos mamaba. Lleve
a término en nosotros sus dones el que no desdeñó asumir también nuestro
comienzo, y háganos hijos de Dios el que por nosotros quiso ser hijo del
hombre.
Del Sermón 184, 1-3.
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