21 de diciembre de 2025. Comentario de San Agustín al Evangelio de hoy. (Mt. 1, 18 - 24)




¿De qué modo apareció la Palabra en la Virgen? Todas las cosas fueron hechas por medio de ella (Jn. 1, 3). ¿Qué significa todas las cosas? Que todas las cosas que hizo Dios, las hizo por medio de ella. Pero no separes, hermano, al Espíritu Santo de esta obra tan grandiosa.

¿De qué obra?

Los ángeles son algo realmente grande, no algo sin importancia; pero ellos adoran la carne de Cristo, sentada a la derecha del Padre.

Ésta es obra, sobre todo, del Espíritu Santo.

En relación a esta obra, Su Nombre aparece cuando el ángel anunció a la Santa Virgen el Hijo que le iba a nacer.

Ella se había propuesto guardar virginidad, y su marido era guardián de su pudor antes que destructor del mismo; mejor, no era guardián, pues esto quedaba para Dios, sino testigo de su pudor virginal, para que su embarazo no se atribuyese a adulterio.

Cuando el ángel le dio el anuncio, dijo: ¿Cómo puede ser esto, si no conozco varón? 

Si hubiese tenido intención de conocerlo, no le hubiese causado extrañeza.

Tal extrañeza es la prueba de su propósito. 

¿Cómo puede ser esto, si no conozco varón? ¿Cómo puede ser? 

Y el ángel le responde: El Espíritu Santo descenderá sobre ti.

He aquí cómo sucederá lo que preguntas: Y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por tanto, lo que nazca de ti será santo y se llamará Hijo de Dios (Lc. 1, 34).

Y dijo bien: Te cubrirá con su sombra, para que tu virginidad no experimente el ardor de la concupiscencia carnal.

Y, cuando ya estaba en estado, se dijo de ella: María se encontró embarazada por obra del Espíritu Santo.

Así, pues, el Espíritu Santo fue el autor de la Carne de Cristo.

Pero también el mismo Hijo unigénito de Dios fue autor de ella.

¿Cómo lo probamos?

Porque al respecto dice la Escritura: La Sabiduría se edificó una casa (Prov. 9, 11).

Del Sermón 225, 2

 

El mismo que libró a Susana, mujer casta y esposa fiel, del falso testimonio de los viejos (Dan. 13), libró también a la Virgen María de la falsa sospecha de su marido.

Aquella Virgen a la que no se había acercado su marido fue hallada embarazada.

Su seno se había agrandado con la criatura, pero la integridad virginal había permanecido.

Gracias a la Fe, había concebido al sembrador de la misma Fe.

Había acogido en su cuerpo al Señor; no había permitido que su cuerpo fuera violado.

Pero el marido, hombre al fin y al cabo, comenzó a sospechar.

Creía que procedía de otra parte lo que sabía que no procedía de él, y ese «de otra parte» sospechaba que era un adulterio.

Un ángel le corrige. ¿Por qué mereció ser corregido por un ángel?

Porque su sospecha no era maliciosa, como las que —según dice el Apóstol— surgen entre hermanos (1 Tim. 6, 4).

Sospechas maliciosas son las de los calumniadores; las benévolas, las de los que gobiernan la familia.

Es lícito sospechar mal del hijo, pero no es lícito calumniarle.

Sospechas algo malo en él, pero deseas hallar un bien. 

Quien sospecha benévolamente, desea ser vencido, pues encuentra gozo precisamente cuando descubre que era falso el mal que sospechaba.

De estos era José respecto a su esposa, a la que no se había unido corporalmente, aunque ya lo hubiese hecho mediante la fidelidad.

Cayó, pues, también la Virgen bajo la falsa sospecha.

Mas, del mismo modo que el espíritu de Daniel se hizo presente en defensa de Susana, así también el ángel se apareció a José en defensa de María: No temas acoger a María como tu esposa, pues lo que de ella nace es del Espíritu Santo. 

Se eliminó la sospecha, porque se reveló la Redención.

Del Sermón 343, 3

Comentarios

Entradas populares de este blog