Comentario de San Agustín al Evangelio de hoy. Mt. 4, 12-23
Los hombres a veces se procuran muchísimo daño a sí mismos cuando temen ofender a los demás. (1) Mucho valen tanto los buenos amigos para el bien como los malos para el mal. Por ello el Señor, a fin de que despreciemos las amistades de los poderosos con vistas a nuestra salvación, no quiso elegir primero a senadores, sino a pescadores.
¡Gran misericordia la del Creador!
Porque Él sabía que, si hubiera
elegido un senador, el senador habría podido decir: «Fui elegido por mi
dignidad».
Si primero hubiera elegido a
un rico, el rico habría podido decir: «He sido elegido por mi riqueza».
Si primero hubiera elegido a
un emperador, ese emperador habría podido decir: «He sido elegido por mi
poder».
Si primero hubiera elegido a
un orador, el orador habría podido decir: «He sido elegido por mi elocuencia».
Si primero hubiera elegido a
un filósofo, el filósofo habría podido decir: «He sido elegido por mi
sabiduría».
Por eso el Señor se dijo: “Que
estos soberbios que están tan hinchados esperen un poco”.
Hay diferencia entre la
grandeza y la hinchazón del orgullo; una y otra son cosas de grandes
dimensiones, pero las dos no son cosas sanas.
«Sufran dilación —dijo el Señor— estos orgullosos; han de ser sanados con algo sólido.
Dame en primer
lugar —dice— a este pescador. Tú, pobre, ven y sígueme; nada tienes, nada
sabes, sígueme. Sígueme tú, pobre ignorante. Nada hay en ti que asuste, pero
hay mucho que llenar».
A una fuente de tan amplio
caudal hay que llevar un vaso vacío.
Dejó sus redes el pescador,
recibió la Gracia el pecador y se convirtió en divino orador.
He aquí lo que hizo el
Señor, de quien dice el Apóstol: Dios eligió lo débil del
mundo para confundir a lo fuerte; eligió Dios también lo despreciable del mundo
y lo que no vale nada, para anular lo que vale. (1 Cor. 1 27-28)
Además, ahora se leen las
palabras de los pescadores y se inclinan las cabezas de los oradores.
Desaparezcan, pues, de en medio los vientos vacíos;
desaparezca de en medio el humo que, a medida que crece, se esfuma;
despréciense totalmente esas cosas en bien de la salvación.
(1) Se entiende que por miedo a su enojo o por miedo a eventuales represalias, lo cual daría por resultado el vicio de la cobardía o de la condescendencia. De más está decir que todo debería ser hecho siempre en función de la búsqueda de la Verdad y del Bien.
Del Sermón 87, 10.
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