Comentario de San Agustín al Evangelio de hoy. (Jn. 11 1-45)
Por el milagro tan grande que relata, este pasaje evangélico se ha hecho tan célebre que no hay nadie, incluso entre los infieles, que no haya oído que Cristo resucitó a Lázaro.
¡Cuánto
más conocido no será entre los fieles lo que ni los infieles han podido
ignorar!
Y,
sin embargo, cuando se lee, el alma se renueva/re-crea como si se tratase de un
espectáculo antes desconocido.
Así,
pues, no está fuera de lugar que también yo repita lo que suelo decir de esa
resurrección.
Ni
tal vez les producirá repugnancia lo que voy a decir, pues con más frecuencia
se repite en sus oídos esa lectura, antes que mi comentario sobre la misma. De
hecho, si se lee en un día que no sea sábado o domingo, no se predica sobre
ella. He dicho esto para que no desdeñén escuchar lo que voy a decir.
Por
tanto, que nadie diga: «Eso ya lo ha dicho», puesto que también el diácono lo
ha leído y se le escuchó con agrado. Así, pues, escuchad.
Hemos
aprendido que, según el Evangelio, el Señor resucitó a tres personas muertas.
Una,
la hija del jefe de la sinagoga a cuya casa llegó y, habiendo oído antes que se
hallaba en peligro de muerte a causa de la enfermedad, la halló muerta; pero él
le dijo: Muchacha, a ti te lo digo: levántate (Mc. 5, 41) y
resucitó (Mc. 5, 35-43).
Otra,
un joven que ya llevaban muerto fuera de las puertas de la ciudad y al que su
madre, viuda, lloraba amargamente (Lc- 7, 11–17); en aquel preciso momento, Él
lo vio, pero mandó a los que los llevaban que se detuvieran, y dijo:
Joven, a ti te lo digo, levántate; y el muerto se sentó y comenzó
a hablar, y se lo devolvió a su madre (Lc. 7, 14).
La
tercera es ese Lázaro que, con los ojos de la Fe, acabamos de verle morir y
resucitar en virtud de un milagro mucho mayor y de un enorme favor (Jn. 11, 1-44).
De
hecho, ya llevaba cuatro días muerto y hedía; no obstante, fue resucitado.
¿Qué
significan estos tres muertos?
Algo,
sin duda, pues los hechos milagrosos del Señor son palabras que encierran
misterios.
Así,
pues, en los pecados de los hombres hallamos tres clases de muertes.
Traigamos
a la memoria esos tres muertos.
En
primer lugar, aquella muchacha había muerto en su casa, y aún no la habían llevado
a enterrar; en cambio, al joven aquel, ya le llevaban fuera de la puerta de la
ciudad; Lázaro, a su vez, estaba ya sepultado y oprimido por la mole de la
piedra.
¿Cuáles
son, entonces, las tres clases de pecados?
Ahora
se los digo.
Si
uno consintió en su corazón a la mala apetencia, resolviendo hacer lo que ella
con sus halagos le haya sugerido, ya está muerto.
Nadie
lo sabe porque aún no ha sido sacada fuera; se trata de una muerte secreta, que
ha tenido lugar en su casa, en su alcoba; pero muerte al fin.
Que
nadie diga que no ha cometido adulterio si ha determinado cometerlo; si ha
consentido a la delectación que le provocaba blandamente a cometerlo, ya lo ha
cometido; él es adúltero, la mujer es casta.
Pregunta
a Dios; que Él te responda en relación a esta muerte acontecida en casa, a esta
muerte interior, a esta muerte en la alcoba, alcobas sobre las cuales
leemos: Compungíos también en vuestras alcobas de lo que decís en
vuestros corazones (Sal. 4, 5).
Escucha,
pues, la sentencia del que resucita a propósito de esta muerte: Quien
mire a una mujer casada para desearla, ya adulteró con ella en su corazón (Mt.
5, 28), aunque aún no haya adulterado físicamente.
Pero
a veces lo mira el Señor (Lc. 22, 61) y se arrepiente de
haber determinado hacerlo, de haber consentido; en su alcoba ha muerto y en su
alcoba resucita.
Si,
por el contrario, lleva a cabo lo que había determinado, la muerte se puso en
marcha, ya está fuera; pero también esta muerte termina si hay arrepentimiento,
y el que era sacado muerto es devuelto a la vida.
A
su vez, si al hecho se añade el hábito, ya hiede, y se halla oprimido como con
una gran piedra con la mole de su hábito; pero tampoco de este se desentiende
Cristo, capaz de resucitarlo también a él; aunque llora.
Que
Cristo lloró por Lázaro lo acabamos de oír cuando se leyó el Evangelio (Jn. 11,
35).
Por
tanto, aquellos a quienes oprime su hábito pecaminoso, sufren violencia y
Cristo ruge para resucitarlos. En efecto, mucho los increpa la palabra divina,
mucho les grita la Escritura; mucho es también lo que yo les grito para que me
oigan también a mí y pueda congratularme de aquellos como de Lázaro que vuelve
a la vida.
Retiren —les
dijo— la piedra (Jn. 11–39).
¿Cómo
iba a poder resucitar, si no se retiraba la piedra del hábito pecaminoso?
Grítenle,
átenlo, repréndanlo, remuevan la piedra; cuando vean a personas así, no anden
con contemplaciones con ellas: se fatigarán, pero removerán la piedra.
Que
aquel, aquel cuya voz llega al corazón, grite: Lázaro, sal fuera (Jn.
11, 43), es decir, vuelve a la vida, sal del sepulcro; cambia de vida, pon
término a la muerte.
Y
aquel muerto salió, atado con las vendas.
En
efecto, aunque dejó de pecar, aún es reo de su pasado, y es necesario que
ruegue y haga penitencia por sus acciones. No por las que realiza, puesto que
ya no las realiza porque ha vuelto a la vida, no las realiza, pero aún está
atado por las que realizó antes.
Así,
pues, es a los ministros de la Iglesia, por los que se imponen las manos a los
penitentes, a los que Cristo dice: Desátenlo y déjenlo ir (Jn. 11, 44).
Desátenlo,
desátenlo: lo que aten en la tierra, quedará atado en el cielo (Mt. 18,
18).
Quien
ya había oído esto de mi boca y lo recordaba, imagínese que ahora no hizo 0otra
cosa, sino leer lo que quedó escrito; en cambio, quien no lo había oído,
escríbalo en su corazón para leerlo cuando quiera.
Del
Sermón 139 A
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