Comentario de San Agustín al Evangelio de hoy. (Jn. 4, 5-42)
Poseemos las primicias del Espíritu (Rom. 8, 23),
y tal vez nos acercamos por otras vías a Aquel a quien amamos; y lo que con
gran avidez hemos de comer y beber, lo probamos y gustamos ya ahora, aunque en
pequeña medida.
¿Cómo lo probamos?
No se trata de que Dios, a quien se nos manda amar y en quien
se nos ordena regocijarnos, sea oro o plata, tierra o cielo, o esta luz del sol
o cualquier cosa que brilla desde el cielo, o que, bañada de luz, resplandece
en la tierra.
Dios no es cuerpo alguno; Dios es espíritu.
Por tanto -dice- quienes lo adoran, deben adorarlo en espíritu y en verdad (Jn.
4, 24). Dios no es
cuerpo alguno; Dios es espíritu.
No en lugar alguno corporal, porque no es cuerpo; no, por
ejemplo, en una montaña elevada, donde podrías imaginar que te acercas más a Él
por la altura misma del monte. Ciertamente el Señor está en las alturas, pero
dirige su mirada a los humildes. A las cosas elevadas las mira desde lejos
(Sal. 137, 6), no así a las humildes.
Si es verdad que Él está en las alturas y si por eso mismo conoce desde lejos las cosas elevadas, a las humildes entonces debería mirarlas aún desde más lejos. Dirá alguno: «Si a causa de Su encumbramiento está alejado de las cosas elevadas de modo que las conoce desde lejos, ¡cuánto más el mismo encumbramiento lo mantendrá apartado de las cosas humildes!».
Pero no es así, pues el Señor es excelso y dirige su mirada a
las cosas humildes.
¿Cómo es que les dirige la mirada? El Señor está cerca de quienes tienen el corazón contrito (Sal. 33, 19).
No busques, por tanto, una montaña alta donde te imagines que
estás más cerca de Dios.
Si te ensalzas, Se aparta lejos de ti; si te humillas, Se
inclina hacia ti.
El publicano se mantenía de pie y alejado, y así Dios Se le
acercaba más fácilmente.
No se atrevía siquiera a levantar los ojos al cielo (Lc.
18, 13) y ya tenía consigo a Quien había hecho el cielo.
¿Cómo, entonces, vamos a regocijarnos en el Señor si Él se
halla tan alejado de nosotros?
Que esté cerca o que esté lejos eres tú quien lo causa.
Ama y se te acercará; ama y habitará en ti.
El Señor está cerca; de nada tienen que preocuparse (Fil. 4,
5-6).
¿Quieres ver cómo está contigo si lo amas? Dios es amor (1 Jn. 4, 8).
¿Por qué revolotean esas imaginaciones a lo largo y a lo
ancho de tu mente? ¿Por qué preguntas «qué es Dios; cómo Es?» Cualquier cosa
que llegues a imaginarte, no es Él.
Cualquier cosa que comprendas con tu mente, no es Él. Pues si
fuera Él, el pensamiento no podría comprenderlo. Mas para que lo saborees un
poco, Dios es amor.
Me dirás: «¿Qué piensas tú que es el amor?» El amor es aquello
por lo cual amamos.
¿Qué es lo que amamos? El Bien inefable, el Bien benefactor,
el Bien creador de todos los bienes.
Que te satisfaga Aquel de Quien recibes cualquier cosa que te
satisface.
No hablo del pecado, pues es lo único que no recibes de Él.
Exceptuando el pecado, cualquier cosa que tengas, de Él la
recibes.
Del Sermón 21.
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