Refutación del arrianismo en el comentario de San Agustín al Evangelio de hoy. (Jn. 9, 1 - 41)
Como hemos escuchado cuando se leyó el Santo Evangelio, el Señor Jesús abrió los ojos a un ciego de nacimiento.
Hermanos, si consideramos el castigo que traemos como herencia, el mundo entero está ciego.
Si Cristo vino a iluminarnos, fue porque el diablo nos había cegado. El que engañó al primer hombre es el causante de que todos nazcan ciegos.
Corran, pues, al que ilumina, corran, crean, reciban el barro hecho con Su saliva.
La saliva es como la Palabra; la tierra, la carne.
Laven la cara en la piscina de Siloé.
Ahora bien, correspondió al evangelista explicarnos qué significa Siloé.
Él mismo escribe: significa «enviado» (Jn. 9, 4). Y ¿quién es el enviado ese sino el que dijo en la lectura: Yo he venido para hacer las obras del que me ha enviado? He aquí a Siloé: lávense la cara, bautícense para ser iluminados y para ver, ustedes que no veían antes.
Como primera reacción a lo dicho, abran los ojos: Yo —dice— he venido para hacer las obras del que me ha enviado (Jn. 9, 4).
Aquí aparece ya el arriano y dice: —Fíjense; están viendo que Cristo no realizó obras propias, sino las del Padre que lo envió. Nunca diría esto, si viera, esto es en El Mismo por el que fue enviado.
—¿Qué dices, entonces?
—Él mismo lo dijo.
—¿Qué dijo?
—He venido para hacer las obras del que me ha enviado.
—Entonces, ¿no realizó obras propias?
—No.
—¿Y qué es lo que dice el Siloé mismo, el Enviado mismo, el Hijo mismo, el Único mismo que, según tu lamento, es de naturaleza inferior?
—¿Qué significan sus palabras: Todo lo que tiene el Padre es mío? (Jn. 16, 15)
Tú afirmas que realizaba obras ajenas, apoyándote en que dijo: Para hacer las obras del que me ha enviado. Yo, ateniéndome a tu modo de pensar, afirmo que el Padre poseía cosas ajenas.
¿En virtud de qué quieres que acepte de antemano que Cristo dijo: Yo he venido para hacer las obras del que me ha enviado, como si no fueran mías?
«Te consulto a ti, Cristo Señor; resuelve el problema, pone término a esta discusión. Todo lo que tiene el Padre —dices— es mío (Jn. 16, 15). Entonces, si es tuyo ¿no es del Padre?».
De hecho, Cristo no dice: «Todo lo que tiene el Padre me lo dio a mí», aunque, si hubiese dicho esto también, habría manifestado su igualdad con él.
Lo que crea dificultad es lo que dijo: Todo lo que tiene el Padre es mío. Si entiendes: «Todo lo que tiene el Padre es del Hijo; todo lo que tiene el Hijo es del Padre», escúchale en otro lugar: Todo lo mío es tuyo y lo tuyo mío (Jn. 17, 10).
Se ha solucionado el problema referente a lo que tiene el Padre y el Hijo. Lo que tienen lo tienen en común; deja de porfiar.
Hay obras del Padre que dice que son suyas, porque también lo mío es tuyo; porque dice que son obras del Padre a quien dijo Todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío. Así, pues, mis obras son tuyas y las tuyas mías. Porque todo lo que hace el Padre: él mismo lo ha dicho, el Señor lo ha dicho, lo ha dicho el Unigénito, lo ha dicho el Hijo, lo ha dicho la Verdad. ¿Qué ha dicho? Todo lo que hace el Padre, eso mismo hace también igualmente el Hijo. (Jn. 5, 19)
¡Gran afirmación, gran verdad, gran igualdad! Todo lo que hace el Padre, eso mismo hace también el Hijo. Hubiera bastado con decir: Todo lo que hace el Padre, eso mismo hace también el Hijo. Pero no alcanzó y agregó: igualmente. ¿Por qué añadió: igualmente?
Porque los que no son inteligentes suelen decir y deambular con los ojos aún cerrados: «El Padre las hizo mandando, el Hijo obedeciendo, entonces de forma desemejante».
Ahora bien, si las hacen igualmente, como las hace uno, las hace también el otro; por tanto, las que hace uno, las hace el otro.
«Pero el Padre manda —dice— que las haga el Hijo».
El tuyo es un pensamiento humano, pero, sin prejuzgar la verdad, lo acepto. Ve que el Padre manda y el Hijo obedece. ¿Acaso no es de su misma naturaleza el Hijo, porque el Padre manda y él obedece?
Preséntame dos hombres, padre e hijo; son hombres los dos: es hombre quien manda; es hombre quien obedece; el que manda y el que obedece tienen una e idéntica naturaleza. ¿Acaso el que manda no engendró al hijo de su misma naturaleza?
¿Acaso el que obedece perdió su naturaleza por obedecer?
Acepta por lo tanto provisionalmente y tanto como aceptas dos hombres, al Padre que manda y al Hijo que obedece, solo que uno y otro son Dios.
La diferencia está en que en el primer caso hay simultáneamente dos hombres, y en el segundo simultáneamente un único Dios: esto es lo que de maravilloso se da en Dios.
Entre tanto, si quieres que yo acepte contigo la obediencia, acepta tú antes conmigo la naturaleza.
El Padre engendró lo que Él mismo es.
Si el Padre engendró algo distinto de lo que es Él, no engendró a un verdadero Hijo.
El Padre dice el Hijo: Antes de la aurora te he engendrado de mi seno. (Sal. 109, 3)
¿Qué significa: Antes de la aurora? La aurora simboliza aquí el tiempo. Por tanto, antes del tiempo, antes de todo a lo que se refiera el antes, antes de todo lo que no existe o antes de todo lo que existe.
En efecto, el Evangelio no dice: «En el principio hizo Dios la Palabra», de la misma manera que dijo: En el principio hizo Dios el cielo y la tierra (Gn. 1, 1); o: «En el principio nació la Palabra», o: «En el principio engendró Dios la Palabra».
¿Qué dice? Existía, existía, existía. Escuchas: Existía; créelo: En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios (Jn. 1, 1).
Siempre que oyes: Existía, no busques tiempo alguno, porque existía desde siempre.
Así, pues, el que existía desde siempre y estaba desde siempre con el Hijo, puesto que Dios tiene capacidad para engendrar fuera del tiempo, él dijo al Hijo: Antes de la aurora te he engendrado de mi seno.
¿Qué significa del seno? ¿Tuvo un seno Dios? ¿Vamos a pensar que el ser de Dios está constituido por miembros corporales?
¡Ni en sueños!
¿Y por qué dijo: del seno, sino para que se entendiese que lo engendró de su propia sustancia?
Luego salió de su seno lo mismo que era el que lo engendró. Porque, si el que lo engendró era una cosa y otra lo que salió de su seno, no estamos ante el Hijo, sino ante un monstruo.
Del Sermón 135. 1-3
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