La Pasión de Nuestro Señor Jesucrito según San Agustín de Hipona.
La Pasión de nuestro Señor y Salvador Jesucristo es para nosotros un ejemplo de
paciencia, a la vez que de confianza para alcanzar la gloria.
¿Qué
cosa no pueden esperar de la Gracia de Dios los corazones de los fieles? Por el bien de ellos, el Hijo único de Dios y coeterno con el Padre consideró poco el
nacer como hombre de hombre, pues hasta sufrió la muerte de manos de hombres
que fueron creados por Él.
Gran
cosa es lo que el Señor promete realizar en el futuro, pero mucho mayor es lo
que recordamos ya hecho por nosotros.
¿Dónde
estaban o qué eran ellos cuando Cristo murió por los impíos? (Rm, 5, 6)
¿Quién
duda de que Él ha de donar Su Vida a los santos, si les regaló incluso su
muerte?
¿Por
qué vacila la fragilidad humana a la hora de creer que será una realidad que
los hombres vivan algún día en compañía de Dios?
Mucho
más increíble es lo que ya ha tenido lugar: Dios ha muerto por los hombres.
¿Quién
es Cristo sino la Palabra que existía en el Principio, la Palabra que existía
junto a Dios y la Palabra que era Dios? (Jn. 1, 1)
Esta
Palabra de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros. (Jn. 1, 1)
No
hubiera tenido en Sí mismo dónde morir por nosotros si no hubiese tomado
nuestra carne mortal.
De
esta manera el Inmortal pudo morir y donar la vida a los mortales: haciendo
partícipes de Sí mismo en el futuro a aquellos de quienes Él se había hecho
partícipe antes.
Pues
ni nosotros teníamos en nuestro ser de dónde conseguir la Vida ni Él en el Suyo
en dónde sufrir la muerte. Realizó, pues, con nosotros un admirable intercambio sobre la base de una mutua participación: era nuestro lo que le posibilitó
morir, será Suyo lo que nos posibilite vivir.
Pero
la carne que tomó de nosotros para morir, Él mismo la dio, puesto que es el Creador;
en cambio, la Vida, gracias a la cual viviremos en Él y con Él, no la recibió
de nosotros.
En
consecuencia, si consideramos nuestra naturaleza por la que somos hombres, no
murió en algo suyo, sino en algo nuestro, puesto que de ninguna manera puede
morir en su Naturaleza propia por la que es Dios.
Si en cambio, consideramos que es criatura suya, que Él la hizo en cuanto Dios,
murió también en algo suyo, puesto que Él es autor también de la carne en que
murió.
Así,
pues, no sólo no debemos avergonzarnos de la muerte del Señor, nuestro Dios,
sino más bien poner en ella toda nuestra confianza y nuestra gloria.
En
efecto, recibiendo de nosotros la muerte que encontró en nosotros, hizo una
promesa totalmente fidedigna de que nos ha de dar en Él la Vida que no podemos
obtener de nosotros.
Quien
nos amó tanto que, sin tener pecado, sufrió lo que los pecadores merecimos por
el pecado, ¿cómo no va a darnos lo que da a los justos Él que nos justifica?
¿Cómo
no va a cumplir su promesa Quien promete sinceramente dar el galardón a los
santos, Él que, sin cometer maldad alguna, sufrió el castigo que merecían los
malvados?
Sin
temor alguno, confesemos, o más bien profesemos, hermanos, que Cristo fue
crucificado por nosotros; digámoslo llenos de gozo, no de temor; cubiertos de
gloria, no de bochorno.
Lo
vio el apóstol Pablo y lo recomendó como título de gloria.
Muchas
obras grandiosas y divinas podía mencionar en relación con Cristo; no obstante,
no dijo que se gloriaba en las maravillas obradas por Él, que, siendo Dios
junto al Padre, creó el mundo, y, siendo hombre como nosotros, dio órdenes al
mundo, sino: Lejos de mí el gloriarme a no ser en la cruz de nuestro Señor
Jesucristo (Gal 6, 14).
Veía
por quiénes, Quién y de dónde había pendido, y presumía de tan grande humildad
de Dios y de la Divina Excelsitud. Esto dijo el Apóstol.
Ahora
bien, quienes nos insultan porque adoramos al Señor crucificado, cuanto más
piensan que saben, tanto más irremediablemente han perdido la razón y no
entienden en absoluto lo que creemos o decimos.
En
efecto, nosotros no decimos que murió en Cristo su ser Divino, sino su ser
humano.
Si,
por ejemplo, cuando muere un hombre cualquiera no sufre la muerte, en compañía
del cuerpo, aquello que ante todo lo constituye como hombre, es decir, lo que
lo distingue de las bestias, lo que faculta el entender, lo que discierne entre
lo divino y lo humano, lo temporal y lo eterno, lo falso y lo verdadero, en
definitiva, el alma racional, sino que, muerto el cuerpo, ella se separa con
vida y, no obstante, se dice: «Ha muerto un hombre», ¿por qué no decir también:
«Murió Dios», sin entender por ello que pudo morir el Ser Divino, sino la parte
mortal que había asumido en favor de los mortales?
Cuando
muere un hombre, no muere su alma que mora en la carne; de idéntica manera,
cuando murió Cristo, no murió su Divinidad presente en el hombre.
«Pero
-dicen- Dios no pudo mezclarse con el hombre y hacerse, juntamente con Él, el Único Cristo». Según este modo de pensar carnal y vano y las opiniones humanas,
más difícil debería sernos el creer en la posibilidad de la mezcla entre el
espíritu y la carne que entre Dios y el hombre, y, a pesar de todo, ningún
hombre sería hombre si el espíritu del hombre no estuviese mezclado a un cuerpo
humano.
¡Cuánto
más difícil y extraña no será la mezcla entre espíritu y cuerpo que entre
espíritu y espíritu! Si, pues, para constituir un hombre se han mezclado el
espíritu del hombre, que no es cuerpo, y el cuerpo del hombre, que no es
espíritu, Dios, que es espíritu (Jn. 4, 24), ¿no pudo, con mucha más
razón, mezclarse, gracias a una participación espiritual, no ya a un cuerpo
desvinculado del espíritu, sino a un hombre poseedor de espíritu, para
constituir a partir de ambos un único Cristo?
Gloriémonos, pues, también nosotros en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para nosotros y nosotros para el mundo. (Gal 6, 14)
Cruz que hemos colocado en la misma frente, es decir, en la sede del pudor, para que no nos avergoncemos.
Y si nos esforzamos por explicar cuál es la enseñanza de
paciencia contenida en esta cruz o cuán saludable es, ¿encontraremos palabras
adecuadas a los contenidos o al tiempo adecuado a las palabras?
¿Qué hombre que crea con toda verdad e intensidad en Cristo
se atreverá a enorgullecerse, cuando es Dios quien enseña la humildad no sólo
de palabra, sino también con su ejemplo?
La utilidad de esta enseñanza la recuerda en pocas palabras
aquella frase de la Sagrada Escritura: Antes de la caída se exalta el corazón y
antes de la gloria se humilla. (Prov. 18, 12)
Es la misma música que suena en estas otras palabras: Dios
resiste a los soberbios, pero da su gracia a los humildes (St 4,6; 1P 5,5) y
en estas otras: Quien se ensalza será humillado y quien se humilla será
ensalzado (Mt 23,12; Lc 14,11; 18,14).
Por consiguiente, ante la exhortación del Apóstol a que no
seamos altivos, sino que nos acomodemos a los humildes (Rm. 12, 16), el hombre ha de pensar, si le es posible, a qué
gran precipicio es empujado si no se conforma a la humildad de Dios y cuán
pernicioso es que el hombre encuentre dificultad en soportar lo que quiera el
Dios Justo, si Dios sufrió pacientemente lo que quiso el injusto enemigo.
Del Sermón 218 C, 1)
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