21 de abril de 2026. San Anselmo de Canterbury. Arzobispo, Doctor de la Iglesia y Padre de la escolástica.
ES CIERTO que los normandos esclavizaron a Inglaterra y la privaron de muchas ventajas temporales; pero hay que admitir que con los invasores llegaron a dicho país algunos de sus hombres de Iglesia y de Estado más eminentes. Entre ellos, se cuentan
dos arzobispos de Canterbury, Lanfranco y su sucesor inmediato, San Anselmo. Este nació en Aosta de Piamonte hacia el año
1033.
A los quince años intentó ingresar en un monasterio, pero el abad, sabiendo que el padre de Anselmo se oponía a ello, no quiso
admitirlo.
Anselmo olvidó durante algún tiempo su vocación, descuidó la práctica religiosa y vivió una vida mundana, ya que no disipada, de
la que no dejó de arrepentirse más tarde hasta el último día de su vida.
Anselmo no se entendía con su padre. Tan severo era éste, que Anselmo no tuvo más remedio que abandonar la casa paterna,
después de la muerte de su madre, para proseguir sus estudios en Borgoña.
Tres años más tarde, pasó a Bec, en Normandía, atraído por la fama del gran abad Lanfranco.
A los veintisiete años, en 1060, Anselmo ingresó en el monasterio de Bec, donde se convirtió en discípulo y gran amigo de
Lanfranco. Este fue nombrado abad de San Esteban de Caen, tres años más tarde y Anselmo pasó a ser el prior de Bec.
Algunos monjes murmuraron contra la elección de Anselmo, quien era todavía muy joven; pero su paciencia y bondad acabaron
por ganarle los ánimos de sus más acerbos críticos. Entre éstos se contaba un joven muy rebelde, llamado Osberno, a quien San
Anselmo convirtió poco a poco a la observancia y asistió tiernamente en su última enfermedad.
San Anselmo, que era un pensador original e independiente, de gran cultura, fue sin duda el mayor teólogo de su tiempo y el "padre
de la escolástica". La Iglesia no había tenido un metafísico de su talla desde la época de San Agustín.
Siendo todavía prior de Bec, compuso el Monologium, en el que daba las pruebas metafísicas de la existencia y la Naturaleza de
Dios, así como el Proslogium o contemplación de los atributos de Dios. Igualmente compuso los tratados de la verdad, la
libertad, el origen del mal y el arte de razonar.
Su manera de considerar la educación de los jóvenes era muy avanzada.
A un abad que se quejaba del pobre fruto de sus esfuerzos pedagógicos, dijo San Anselmo: "Si plantas un árbol en
tu huerto y lo cercas por todos lados, de suerte que no pueda extender sus ramas, tendrás al cabo de un tiempo un árbol inútil de
ramas torcidas... Pues así es como tratas a tus hijos..., con amenazas y golpes y privándoles del privilegio de la libertad".
En 1078, después de quince años de priorato, Anselmo fue elegido abad de Bec. Eso le obligaba a viajar con frecuencia a
Inglaterra, donde la abadía contaba con algunas propiedades.
Lanfranco era entonces obispo de Canterbury.
Eadmero, un monje inglés, discípulo y biógrafo de Anselmo, cuenta que tenía éste un método muy personal de instruir, empleando
comparaciones muy conocidas, de suerte que aun la gente más sencilla podía entenderlo. Anselmo fue a Inglaterra en 1092, tres
años después de la muerte de Lanfranco. El rey Guillermo el Rojo mantenía vacante la sede de Canterbury para disfrutar de sus
rentas. Como San Anselmo le exhortase a nombrar un arzobispo, Guillermo juró "por la Santa Faz de Lucca" (tal era su
juramento favorito) que ni Anselmo ni otro alguno sería arzobispo de Canterbury mientras él viviese.
Pero una enfermedad que lo puso a las puertas de la muerte lo hizo cambiar de opinión.
Lleno de temor, el rey prometió que en adelante gobernaría de acuerdo con las leyes y nombró arzobispo a San Anselmo. El buen
abad alegó en vano su avanzada edad, su falta de salud y su ineptitud para el gobierno. Los obispos y todos los
presentes lo obligaron a tomar el báculo pastoral y lo condujeron a la iglesia, donde cantaron un "Te Deum".
Pero el corazón del rey no había cambiado en realidad.
Apenas acababa de instalarse el nuevo arzobispo, cuando Guillermo, quien quería arrebatar a su hermano el ducado de Normandía,
empezó a exigirle dinero. Anselmo le ofreció quinientos marcos, suma importante en aquellos tiempos; pero el rey le pidió
mil como precio de la elección. El santo se negó rotundamente a pagarlos y exhortó al rey a proveer las abadías vacantes y a
sancionar la convocación de los sínodos necesarios para reprimir los abusos de los clérigos y los laicos.
El rey replicó ásperamente que defendería las abadías como si se tratase de su propia corona y, desde entonces, no tuvo otro
pensamiento que el de arrojar a Anselmo de su sede.
Consiguió, en efecto, que cierto número de obispos le negasen la obediencia; pero los barones no aceptaron condenar la actitud de
Anselmo. El mismo legado pontificio, encargado de comunicar a Guillermo la negativa de Roma, llevó a Anselmo el palio que le
hacía inamovible.
Viendo que el rey oprimía a la Iglesia siempre que podía cuando el clero no se plegaba a su voluntad, San Anselmo le pidió permiso
para ir a Roma a consultar a la Santa Sede.
El rey se lo rehusó dos veces; a la tercera, le respondió que podía salir del país, pero que confiscaría todas sus rentas y no le
permitiría volver a entrar. A pesar de ello, San Anselmo partió de Canterbury en octubre de 1097, acompañado por Eadmero y otro
monje llamado Balduino. En el camino se hospedó primero con San Hugo, abad de Cluny y después con otro Hugo, el arzobispo de Lyon.
En Roma expuso el asunto al Papa, quien no sólo le prometió su protección, sino que escribió al rey exigiéndole que restituyese
a San Anselmo sus derechos y posesiones. San Anselmo se retiró a un monasterio de Campania por razones de salud y ahí terminó
su famosa obra Cur Deus Homo, que es el más famoso tratado que existe sobre la Encarnación del Lógos Eterno.
Convencido de que podría hacer más bien en la vida oculta que en su sede de Canterbury, Anselmo rogó al Papa que le descargase
de su oficio, pero el Pontífice, se negó.
Sin embargo, dado que no podía volver por el momento a Inglaterra, el Papa le dio permiso de quedarse en Campania.
Anselmo asistió así al Concilio de Bari, en 1098, y se distinguió por su manera de abordar las dificultades de los obispos
grecoitálicos sobre la cuestión del "Filioque".
El Concilio acusó al rey de Inglaterra de simonía, de opresión a la Iglesia, de persecución al arzobispo y de vida viciosa; sin
embargo, no llegó a condenarlo solemnemente gracias a la intervención de San Anselmo, quien persuadió al Papa Urbano
de que se contentase con la amenaza de excomunión.
La muerte de Guillermo el Rojo puso fin al destierro de San Anselmo, quien entró en Inglaterra entre las aclamaciones del pueblo.
Pero la paz no fue duradera.
Las dificultades surgieron en cuanto Enrique I se arrogó el derecho de reconfirmar la elección de San Anselmo. Eso se oponía a los
decretos del sínodo romano de 1099, que había suprimido los derechos de investidura de los laicos sobre las abadías y catedrales.
San Anselmo se negó, pues, a obedecer al rey.
Pero en ese momento Inglaterra estaba bajo la amenaza de una invasión de Roberto de Normandía, a quien muchos barones
ingleses no veían con malos ojos.
Deseando ganarse el apoyo de la Iglesia, Enrique prometió total obediencia a la Santa Sede en el futuro, y San Anselmo hizo
cuanto pudo por evitar la rebelión.
Aunque, como lo hace notar Eadmero, Enrique debía en gran parte al santo el hecho de no haber perdido la corona, reclamó de
nuevo su derecho de investidura en cuanto pasó el peligro. Por su parte, el arzobispo se negó a consagrar a los obispos nombrados
por el rey, a no ser que hubiesen sido canónicamente elegidos.
La oposición entre el rey y el arzobispo fue agravándose de día en día.
Finalmente Anselmo decidió ir personalmente a Roma a exponer el asunto al Papa y Enrique envió por su parte a un delegado
personal. Después de madura consideración, Pascual II confirmó la decisión de su predecesor. Al saberlo, Enrique prohibió a San
Anselmo que volviese a Inglaterra y confiscó sus bienes.
Más tarde, el rumor de que San Anselmo iba a excomulgar al rey parece haber alarmado al monarca, quien fue a Normandía a
reconciliarse con el arzobispo.
En un consejo real que tuvo lugar en Inglaterra, Enrique I renunció al derecho de investidura sobre las abadías y los obispados y
Anselmo, con el consentimiento del Papa, aceptó que los obispos prestasen homenaje al monarca por sus posesiones
temporales. El rey observó realmente el pacto y llegó a tener tal confianza en el arzobispo, que le nombró regente durante el viaje
que hizo a Normandía en 1108.
Pero la salud de San Anselmo, que era ya muy anciano, se había debilitado mucho.
El santo murió al año siguiente, 1109, entre los monjes de Canterbury.
San Anselmo fue un hombre de singular encanto. Su simpatía y sinceridad le ganaron el afecto de hombres de todas clases y
nacionalidades. La Caridad del santo se extendía aun a los más humildes de sus fieles. Él fue uno de los primeros
que se opusieron a la esclavitud. En el concilio nacional de Westminster, que reunió en 1102 para resolver algunos asuntos
eclesiásticos, el arzobispo obtuvo la aprobación de un decreto que prohibía vender a los esclavos como animales.
San Anselmo fue declarado Doctor de la Iglesia en 1720, aunque no había sido canonizado.
Dante lo pone en el paraíso entre los espíritus de luz y poder de la esfera solar, junto a San Juan Crisóstomo.
Eadmero cuenta que el santo encontró un día a un niño que había atado un hilo a la pata de un pájaro y se divertía
dejándolo escapar y volviéndolo a coger.
Anselmo, lleno de indignación, cortó el hilo, y dijo:
"ecce filum rumpitur, avis avolat, puer plorat, pater
exultat -"el pájaro escapa, el niño llora y el padre se alegra."
Se cree que el cuerpo del gran arzobispo descansa en la catedral de Canterbury, en la capilla de su nombre, del lado sudoeste del
altar mayor.
Vida de los santos de Butler. Tomo II
¡San Anselmo de Canterbury, ruega por nosotros!
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