Comentario  de San Agustín al Evangelio de hoy. Lc. 24,13-35.


¿Por qué nos detenemos en esto, hermanos? Aquí se construye el edificio de nuestra Fe en la Resurrección de Jesucristo. Ya creíamos cuando hemos escuchado el Evangelio; creyendo ya, hemos entrado hoy en este Templo y, sin embargo, no sé cómo, se escucha con gozo lo que refresca la memoria.

¿Cómo no quieren que se alegre nuestro corazón, si nos parece que somos mejores que aquellos que iban de viaje y a los que se apareció el Señor?

Creemos lo que ellos aún no creían.

Habían perdido la esperanza, mientras que nosotros no dudamos de lo que ellos sí dudaban.

Una vez crucificado el Señor, habían perdido la esperanza; así resulta de sus palabras cuando Él les dijo:

¿Cuál es el tema de conversación que los ocupa? ¿Por qué estáis tristes?

Ellos contestaron:

¿Sólo tú eres forastero en Jerusalén, y no sabes lo que allí ha acontecido?

Y Él:

¿Qué? Aun sabiendo todo lo referente a Sí Mismo, preguntaba, porque quería estar en ellos.

¿Qué? -preguntó-.

Y ellos:

Lo de Jesús de Nazaret, que fue un varón profeta, grande por sus palabras y obras.

Vean por qué nosotros somos mejores.

Ellos decían que Cristo era un profeta, nosotros lo hemos reconocido como el Señor de los profetas.

Fue -dicen- un varón profeta, grande por sus palabras y obras. Y cómo lo crucificaron los jefes de los sacerdotes, y he aquí que han pasado ya tres días desde que todo esto sucedió. Nosotros esperábamos.

Esperaban: ¿ya no esperan? ¿A eso se reduce toda vuestra condición de discípulos? Un ladrón en la cruz los ha superado: ustedes se habían olvidado de Quien los instruía; él reconoció a Aquel con quien estaba colgado.

Nosotros esperábamos.

¿Qué esperaban?

Que Él redimiera a Israel.

La esperanza que tenían y que perdieron cuando Él fue crucificado, la conoció el ladrón en la cruz. Porque dijo al Señor: Señor, ¡acuérdate de mí cuando llegues a tu reino! Vean que era Él quien había de redimir a Israel. Aquella cruz era una escuela; en ella enseñó el Maestro al ladrón. El madero de un crucificado se convirtió en Cátedra de un Maestro. Quien se les entregó de nuevo, devuélvales la esperanza.

Y así se hizo.

Recuerden, amadísimos, cómo el Señor Jesús quiso que lo reconocieran en la Fracción del Pan aquellos cuyos ojos estaban incapacitados para reconocerlo. Los fieles saben lo que estoy diciendo; conocen a Cristo en la Fracción del Pan. No cualquier pan se convierte en el cuerpo de Cristo, sino el que recibe la Bendición de Cristo. Allí lo reconocieron ellos, se llenaron de gozo, y marcharon al encuentro de los otros.

Los encontraron conociendo ya la noticia; les narraron lo que habían visto, y entraron a formar parte del Evangelio. Lo que dijeron, lo que hicieron, todo se escribió y llegó hasta nosotros.

Del Sermón 234, 2

 

Me adelanto a lo que van a decir:

«Explica qué significaba el hecho de que simuló ir más adelante, pues si no significaba nada, estamos ante un engaño, ante una mentira».

Valiéndome de mi exposición y de reglas muy verificadas, debo decir lo que significaba cierta simulación de ir más adelante: simuló ir más adelante y se le retiene para que no se aleje más.

Por lo que respecta a la presencia corporal, se consideraba ausente a Cristo el Señor.

Se le consideraba ausente: como si siguiera más adelante.

Reténgalo con la Fe; reténgalo en la Fracción del Pan.

¿Qué puedo decir? ¿La habéis reconocido? Si la habéis reconocido, en ese momento habrán hallado a Cristo.

No hay que emplear más tiempo en hablar de este Misterio.

Cristo se aleja de quienes difieren conocer ese Sacramento.

Reténganlo, no lo dejen marchar; ofrézcanle hospitalidad y así reciben una invitación para el cielo.

Del Sermón 89, 7

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