Comentario de San Agustín al Evangelio de hoy. (Jn. 10, 1-10)
Que toda nuestra esperanza reside en Cristo y que Él es toda nuestra gloria, verdadera y salutífera, lo sabe la Caridad de ustedes desde antes de ahora.
Pertenecen
a la grey de aquel que mira por Israel y lo alimenta. (Sal 79, 2)
Pero,
como hay pastores que se complacen en que les designe por ese nombre, pero no
quieren cumplir con los deberes que comporta, examinemos lo que les dice el
profeta, según lo que hemos escuchado en la lectura.
Escuchen
ustedes con atención; escuchemos nosotros con temblor.
Me
fue dirigida la palabra del Señor, diciendo: Hijo de hombre, profetiza contra
los pastores de Israel. (Ez. 34, 1) Acabamos de escuchar este
pasaje de la boca del lector. Sobre él me he propuesto decir algo a la santidad
de ustedes. Él me ayudará a hablar la verdad, para que no digamos cosas de
nuestra cosecha. Pues si hablara de lo mío, sería un pastor que me apaciento a
mí mismo, no a las ovejas.
Si,
en cambio, son de él las cosas que les diga, es él quien los alimenta, hable
quien hable.
Esto
dice el Señor Dios: ¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan sólo a sí
mismos! ¿Acaso los pastores no apacientan ovejas? (Ez. 34,
2) Es decir, los pastores no se apacientan a sí mismos, sino a las ovejas.
Este
es el primer motivo por el que se censura a estos pastores: se apacientan a sí
mismos, no a las ovejas.
¿Quiénes
son los que se apacientan a sí mismos? Aquellos de quienes dice el
Apóstol: Pues todos buscan sus intereses, no los de Jesucristo. (Fil.
2, 21)
En
nosotros, a quienes el Señor nos puso -porque así Él lo quiso, no por nuestros
méritos- en este puesto del que hemos de dar cuenta con gran peligro, se dan
dos aspectos que hay que distinguir: uno, que somos cristianos; otro, que
estamos al frente de ustedes, en atención a ustedes mismos.
En
el hecho de ser cristianos miramos nuestra propia utilidad; en el hecho de
estar al frente de ustedes, la de ustedes.
Son
muchos los que, siendo cristianos, sin estar al frente de otros, llegan hasta
Dios, quizá caminando más ligeros, al llevar una carga menor.
Nosotros,
por el contrario, dejando de lado el hecho de ser cristianos, razón por la que
hemos de dar cuenta a Dios de nuestra vida, estamos también al frente de ustedes,
razón por la que debemos dar cuenta a Dios de nuestro servicio.
Si
les presento esta situación incómoda es para que, compadeciéndose de mí, oren
por mí, pues llegará el día en que todo sea sometido a juicio (Sab. 12,
14).
Aunque
para el mundo esté lejano todavía, para cada hombre aquel día, el último de su
vida, está cercano. Con todo, Dios quiso mantener oculto uno y otro: cuándo ha
de llegar el fin del mundo y cuándo ha de ser el final de esta vida para cada
uno de los hombres.
¿Quieres
no temer a ese día oculto? Cuídate de estar preparado hasta que llegue.
Puesto
que los que están al frente de otros lo están precisamente para que miren por
los que son sus súbditos, en el hecho de presidir, no deben buscar su propia
utilidad, sino la de aquellos a quienes sirven.
Todo
el que está al frente de otros de manera que halla su gozo en estarlo, y busca
su honor y sólo mira por sus intereses, se apacienta a sí mismo y no a las
ovejas.
A
éstos se dirige la palabra del Señor.
Escuchen
ustedes como ovejas de Dios, y consideren cómo Dios los constituyó en
seguridad: sean quienes sean los que los presidan, es decir, seamos nosotros
como seamos, el que apacienta a Israel les dio seguridad.
Pues,
Dios no abandona a sus ovejas, y los malos pastores expiarán las penas
merecidas y las ovejas recibirán lo que tienen prometido.
Veamos
lo que la Palabra Divina, que a nadie lisonjea, dice a los pastores que se
apacientan a sí mismos y no a las ovejas.
He
aquí que habéis tomado su leche, os habéis cubierto con su lana, habéis
sacrificado las gordas, y no habéis apacentado mis ovejas. No habéis
robustecido a la débil, no habéis cuidado a la enferma; no habéis vendado a la
perniquebrada, no habéis hecho volver a la descarriada, no habéis buscado a la
perdida, y a la que era fuerte, la han terminado de confeccionar/completar (et quod forte fuit, confecistis). Y se han dispersado mis ovejas, al no
haber pastor. (Ez. 34, 5)
Se
echa en cara de los pastores que se apacientan a sí mismos y no a las ovejas,
lo que aman y lo que descuidan.
¿Qué
aman, pues? Han tomado su leche; se han cubierto con su lana.
Por
eso dice el Apóstol: ¿Quién planta una viña y no come de su fruto?
¿Quién apacienta una grey y no se nutre de su leche? Descubrimos
que la leche de la grey es todo lo que el pueblo de Dios dona a los que están
al frente de él para su sustento temporal. De ello hablaba el Apóstol con las
palabras que acabo de recordar (2 Tes. 3, 8).
Aunque
el Apóstol prefirió trabajar con sus manos y no buscar siquiera la leche de las
ovejas (2 Tes. 3, 9), dijo claramente, sin embargo, que tenía derecho a
percibirla y que el Señor había dispuesto que quienes anuncian el Evangelio
vivan del mismo. Y dice que otros apóstoles como él se sirvieron de este
derecho, no usurpado, sino otorgado. Él fue más allá todavía al no aceptar ni
lo que se le debía. (1 Cor. 9, 12)
Así,
pues, él renunció a lo que se le debía, pero el otro no exigió nada que no se
le debiera: él fue más allá del derecho.
Tal
vez significaba a aquel que, al conducir al mesón al enfermo, dijo: Si
gastas algo más, te lo devolveré a la vuelta. (Lc. 10, 35)
¿Qué
más puedo decir de aquellos que no necesitan la leche del rebaño?
Que
son más misericordiosos, o mejor, que ejercen más generosamente el deber de la
misericordia.
Pueden,
y lo que pueden lo hacen.
Alaben
a estos, pero no condenen a los otros.
Tampoco
el Apóstol exigía la dádiva; sin embargo, deseaba que las ovejas diesen fruto y
no fuesen estériles, carentes de leche abundante.
De
hecho, hallándose en cierta ocasión en gran necesidad, encadenado por confesar
la Verdad, los hermanos le enviaron algo con qué socorrer su necesidad e
indigencia.
Les
respondió dándoles las gracias con estas palabras: Hicieron bien en
socorrer mis necesidades. Pues he aprendido a bastarme con lo que tengo. Sé
vivir en la abundancia y sufrir penuria. Todo lo puedo en aquel que me
conforta. Con todo, hicieron bien en enviar algo para mis necesidades. (Fil.
4, 11 – 14)
Mas
para mostrar qué era lo que él buscaba en lo bueno que ellos habían hecho -no
fuera que entre ellos hubiera pastores que se apacentaban a sí mismos y no a
las ovejas- no le alegraba tanto el que hubieran socorrido su necesidad como se
congratulaba porque se habían mostrado fecundos.
¿Qué
buscaba allí? No busco la dádiva -dijo- sino que exijo
el fruto. (Fil. 4, 17)
No
para sentirme yo lleno -dijo-, sino para que ustedes no permanezcan vacíos.
Así,
pues, quienes no pueden hacer lo que hizo San Pablo, es decir, sustentarse con
el trabajo de sus manos, acepten la leche de las ovejas, hagan frente a su
necesidad, pero no descuiden las ovejas en su debilidad.
No
busquen lo dicho como si se tratase de su salario, dejando la impresión de que
anuncian el evangelio para remediar su necesidad y penuria, antes bien ofrezcan
la Luz de la Verdad a los hombres que necesitan recibirla.
Pues
son como lámparas, según está dicho: Tengan ceñidos sus lomos y
encendidas sus lámparas (Lc. 12, 35); y: Nadie enciende una
lámpara y la pone bajo el celemín, sino sobre el candelabro, para que alumbre a
todos los que están en la casa. Luzca así vuestra luz delante de los hombres,
para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre, que está en
los cielos (Mt. 3, 15 – 16).
Si
tuvieras una lámpara encendida en casa, ¿no le echarías aceite para que no se
apagase?
Si
la lámpara, después de haberle echado el aceite, no luciese, no merecería
seguir en el candelero, sino ser rota al instante.
Aquello
de que se vive, para unos es de necesidad aceptarlo y para otros es de caridad
darlo.
No
se trata de hacer venal al Evangelio, como si él fuera el precio de aquello que
consumen para vivir quienes lo anuncian.
Pues
si lo venden de esta forma, venden una Realidad Grandiosa a un precio
insignificante.
Reciban
del pueblo lo necesario para el sustento y del Señor la recompensa de su
servicio.
El
pueblo no está capacitado para dar recompensa a aquellos que le sirven por amor
del Evangelio.
Estos
han de esperar la recompensa de donde los otros la salvación.
¿Qué
se les reprocha? ¿De qué se les acusa? De haber descuidado a las ovejas,
mientras se alimentaban de su leche y se cubrían con su lana.
Buscaban,
por lo tanto, sus intereses, no los de Jesucristo (Fil. 2, 21).
Del Sermón 46.
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